
Especificidad del análisis con adolescentes. Fundamentos de la técnica: entrevistas iniciales
En su clase, Albana Paganini planteó la dificultad de hablar de una “clínica de la adolescencia” en términos estrictamente nosográficos. La adolescencia, señaló, no puede reducirse a categorías diagnósticas fijas: es, más bien, una experiencia intersubjetiva que se mueve entre lo familiar y lo extrafamiliar, entre el adentro y el afuera, marcada por un profundo trabajo de duelo. Se trata de un duelo múltiple: por la infancia, por el cuerpo infantil que se transforma en un cuerpo extraño y desconocido, por la autoridad parental que pierde su carácter idealizado y por aquellas identificaciones tempranas que deben ser resignificadas.
Ese proceso psíquico exige un enorme esfuerzo de simbolización. El adolescente debe hacer frente a una pulsión intensa que reclama nuevas formas de ligazón, y a la vez debe reconfigurar su narcisismo: pasar del yo ideal a los propios ideales, que no siempre coinciden con los de los padres. En esa transición aparece el cuerpo, un cuerpo que irrumpe de manera desbordante, que se siente extraño y ajeno. No es raro entonces que muchos adolescentes se protejan con ropas amplias, que eviten las miradas o que vivan con incomodidad los cambios puberales. La sexualidad se vuelve un territorio inquietante: ya no se trata de la sexualidad infantil, sino de la posibilidad de asumir una posición genital, con todas las dudas, las preguntas y las angustias que eso conlleva.
En este escenario, la amistad cobra un lugar central. Construir un “nosotros” es una experiencia inédita que permite sostenerse narcisísticamente, aunque esté marcada por tensiones entre la fusión y la diferenciación. Lo mismo ocurre con la experiencia amorosa: enamorarse por primera vez, más allá del mundo parental, constituye un momento clave de simbolización, una reinvestidura que abre la posibilidad de salir del duelo. En ese tránsito, el analista se convierte en un adulto distinto, no parental, que acompaña sin ocupar el lugar de los padres y que debe tolerar las preguntas existenciales del adolescente sin responder con dogmatismos ni moralizaciones.
La clínica, en consecuencia, requiere una gran flexibilidad. El encuadre no está dado de antemano: se construye en cada caso, diferenciando con claridad la demanda del adolescente de la de sus padres o de la institución escolar. La transferencia, en este punto, se revela inédita: no se trata simplemente de repeticiones de fantasías infantiles, sino de la emergencia de algo nuevo, informe, que el analista debe saber alojar. Por lo mismo, el silencio no tiene el mismo valor que en los adultos: puede vivirse como un vacío insoportable, por lo que la conversación, incluso con tintes lúdicos y humorísticos, se vuelve un recurso privilegiado.
Paganini también subrayó la importancia del contexto social. El pasaje del juego al trabajo, tradicionalmente pensado como herencia del placer de jugar, hoy aparece atravesado por la precarización y la falta de horizontes. Vivimos en sociedades sin proyectos, sin futuro claro, y eso afecta profundamente la posibilidad de los adolescentes de imaginar una vida por venir.
En cuanto a los padres, la advertencia es clara: las entrevistas con ellos pueden ser espacios de violencia, sobreidentificación o rivalidad, y por eso el analista debe cuidar el espacio del adolescente, garantizando su confidencialidad y evitando tomar partido en la queja contra los adultos. El trabajo no consiste en reforzar esa queja, sino en habilitar un espacio propio, genuino, donde el joven pueda hablar en su nombre.
Finalmente, la clase puso énfasis en los dispositivos y técnicas. El trabajo con adolescentes admite apoyos singulares: un objeto, una mascota, la música, incluso el uso de WhatsApp como parte de su cotidianeidad. En casos graves o borderline, la grupalidad terapéutica puede ser un recurso valioso para sostener vínculos y tramitar violencias. En todo caso, la abstinencia analítica se reformula: más que distancia rígida, implica sostener la diferencia generacional sin ocupar un rol parental.
En síntesis, la clínica con adolescentes se define por su apertura a lo inédito, por la capacidad del analista de tolerar el no saber, por su flexibilidad frente al encuadre y por la tarea fundamental de acompañar la construcción de una palabra propia. Trabajar con adolescentes, concluyó Paganini, es albergar lo nuevo: ese instante en que el sujeto comienza a hablar en nombre propio y deja de repetir lo que otros han dicho por él.
Revisa la clase completa aquí: