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La defensa como fundamento del sujeto
Notas a partir de la primera sesión del Seminario Psicoanálisis para descolonizarse (versión 2026) Hay una frase de la antropóloga forense en Los huesos, la obra de Manuela Infante, que no me dejó dormir después de verla: para buscar cualquier cosa, primero hay que saber que se ha perdido algo. Esa frase, que en la obra funciona como una declaración de oficio —ella es una buscadora profesional de restos humanos—, me parece que condensa algo de lo que intentamos pensar con Albana Paganini en la primera sesión de este seminario que hemos llamado, no sin cierta ambición, Psicoanálisis para descolonizarse. El seminario se inscribe en una apuesta política que para nosotras es inseparable del trabajo clínico. El psicoanálisis no es una técnica neutral. El principio de abstinencia no es la neutralidad política; es una posición que apuesta por la constitución de un sujeto. Esto hay que decirlo con todas sus letras, porque la clínica psicoanalítica está atravesada por contingencias políticas desde su origen: surgió en contexto de guerras europeas, se ramificó según las migraciones forzadas de sus practicantes —Anna Freud hacia Estados Unidos y el encuentro con la psicología experimental, Melanie Klein en Inglaterra y la disputa con los freudianos ortodoxos—, y llegó a Latinoamérica con esas marcas. Descolonizar la clínica exige explicitar esa dimensión. Y el seminario mismo —abierto, gratuito, en una cafebrería, alrededor de una taza de café— es una forma de transmisión que materializa esa apuesta. I Albana abrió la sesión con un recorrido que a mí me parece fundamental y que voy a reconstruir aquí a mi manera, porque lo que ella hizo fue poner los cimientos metapsicológicos de todo lo que vino después. Siguiendo a Silvia Bleichmar —que a su vez toma de Castoriadis y de Piera Aulagnier—, Albana estableció una distinción que vertebra toda la sesión: una cosa es la producción de subjetividad, las formas en que las sociedades determinan representaciones culturales para constituir sujetos plausibles de integración; otra cosa es la constitución del aparato psíquico, donde operan mecanismos invariables —represión, identificación, defensa— que no se reducen a las coloraturas históricas que los tiñen. La represión es la represión como mecanismo psíquico, independientemente de qué representaciones tome en cada época. No es la represión social, aunque a veces se confunda. “Me llegan padres que dicen que no quieren reprimir a sus hijos porque la represión es mala, como si fuera un acto de voluntad, como si la represión no fuera un mecanismo inconsciente que funda la tópica psíquica. En el mejor de los casos”. Esto tiene una consecuencia clínica inmediata: “si un analista trabaja desde la perspectiva de género, por ejemplo, esas concepciones culturales no pueden definir por sí solas la pregunta que un sujeto nos plantea en la consulta. Porque si respondemos solo desde la producción de subjetividad, no estamos viendo cómo se constituye ese yo, qué mecanismos de defensa operan, qué niveles de angustia hay, cómo se construyen las identificaciones que marcan históricamente a esa persona. La escucha analítica debe operar en ambos registros sin colapsar uno sobre otro”. II Albana propuso leer a Freud en tres momentos. El primero es el Proyecto de una psicología para neurólogos, de 1895, un texto que a Freud le dio un dolor de guata espantoso —lo detestaba, no podía terminarlo— y que sin embargo es el primer esbozo de un aparato psíquico. Es un aparato de la memoria. Su corazón es lo que Freud llama el sistema psi: el modo en que se constituyen las huellas mnémicas. Y el yo aparece allí como una red cuya función es inhibir el exceso de excitación que produce este sistema de memoria. Esa función inhibitoria es el antecedente de las defensas psíquicas. Lo brillante del Proyecto —y esto es algo que Albana subrayó— es que lo que debe ser tramitado no proviene de la realidad exterior sino del interior. En la vivencia de satisfacción primaria, cuando el otro interviene para calmar el hambre del bebé, se introduce simultáneamente una excitación que excede esa necesidad. La leche calma el hambre, pero en ese encuentro con la leche el bebé se encuentra con otras cosas: vivencias, sonidos, olores, lo sexual del otro. Algo queda en el incipiente aparato psíquico que requiere que el yo inhiba ese exceso. La memoria queda colonizada por el otro. Lo más íntimo del sujeto es simultáneamente lo más ajeno. El segundo momento es la Introducción al narcisismo de 1914. El yo no existe desde el comienzo; es un acto psíquico que debe advenir. Lo originario es el autoerotismo: excitación pulsional sin unidad. Bleichmar lo piensa como narcisismo trasvasante: la madre opera como doble conmutador, excitando —porque está atravesada por lo sexual— y simultáneamente apaciguando. Las contrainvestiduras que detienen la excitación pulsional provienen de esa donación narcisista y toman la forma de identificaciones primarias: el nombre que nos ponen, el lugar que nos dan al nacer, la historia que nos cuentan. Esas primeras marcas constituyen la construcción identitaria. El yo tiene un fundamento narcisista: es una red de identificaciones primarias que opera como tope frente a lo pulsional y como soporte de la vida psíquica. Como señala Laplanche: sobrevivimos por amor al yo. Aquí se abre una distinción clínica que para mí es central: no es lo mismo un yo bien constituido que un yo con falla narcisista estructural. Cuando la red narcisista está armada, el analista puede producir desidentificaciones de los lugares identitarios que colonizan y asfixian al sujeto. Cuando hay falla en esa estructura, el trabajo es inverso: tejer, armar andamiaje, construir contrainvestidura. Confundir ambas posiciones —operar desidentificaciones donde no hay tejido narcisista— es iatrogénico. Y esto es algo que necesitamos pensar con mucho cuidado en la clínica contemporánea, porque nos encontramos cada vez más con identificaciones sólidas —en el sentido de Recalcati—, rígidas pero muy frágiles a la vez. El tercer momento —que Albana dejó anunciado para la próxima sesión— es el giro del año 1920: la introducción de la pulsión de muerte, la compulsión a la repetición, la identificación con el objeto muerto. El yo deja de ser aliado. Hay un vaciamiento que produce en el yo la identificación de un objeto muerto —lo que Green describirá— como si el yo perdiera su capacidad de investidura, de construir objetos y de investir. El problema de la resignación, concluía Albana, no pasa por la razón sino por la identificación a lo muerto, a la melancolización. III Yo tomé la posta desde otro lugar. El fin de semana anterior había visto Los huesos, la obra de Manuela Infante, y me pareció que lo que hacía esa obra era exactamente lo que Albana había puesto en conceptos metapsicológicos, pero en otro registro. La protagonista es una antropóloga forense que quiere que sus hallazgos —los huesitos— puedan hacerse música. Otro tipo de registro, otra forma en que esos restos hablen. De ahí tomé una metáfora que me parece que organiza algo de lo que intentamos pensar en este seminario: la del golpe y el material. Todo empieza en un golpe. La pulsión golpea al cuerpo, el otro golpea al viviente con su deseo enigmático, la cultura golpea al sujeto con sus imperativos. No hay manera de vivir sin recibir golpes. Nacer es recibir un golpe de alguna forma, del mismo modo que no hay instrumento que suene sin ser percutido, frotado, soplado, sin que una fuerza lo atraviese. La pregunta no es si habrá golpe. La pregunta es qué pasa con el material que lo recibe. Un golpe sobre un material que no puede absorberlo produce ruptura. El mismo golpe sobre un material con elasticidad y densidad suficientes produce sonido. Y si quien golpea conoce profundamente la fortaleza de los materiales, ese sonido puede ser música. La defensa psíquica es exactamente eso: la capacidad de un material para recibir una fuerza y transformarla en algo que no sea destrucción —en sueño, en síntoma, en lapsus, en chiste, en las formaciones mismas del análisis—. El yo no tiene defensas: el yo es la defensa misma. Identificarse es simultáneamente investir y contrainvestir, apropiarse de los rasgos del otro y constituir un borde que delimita adentro y afuera. Sin defensa no hay sujeto. El psicoanálisis nunca ha apuntado a un sujeto sin defensa —eso sería un instrumento sin caja de resonancia— sino a un sujeto que pueda reconocer cómo sus defensas lo organizan, qué protegen y a qué costo. La caricia, propongo, es el primer golpe que no rompe: fuerza aplicada con conocimiento íntimo de la fragilidad del material, la fuerza mínima necesaria para inscribir la presencia del otro sin arrasar al viviente. Es el trabajo materno del que Albana había hablado: moderar el dolor del hambre, el frío, el ejercicio de una fuerza que aplica su conocimiento sobre lo frágil que es ese nuevo viviente. El narcisismo es la envoltura libidinal que hace posible que el material vibre. Cuando esa envoltura falla, no hay materia que pueda vibrar: no hay contrainvestidura fallida, hay ausencia de contrainvestidura. La defensa incluye además una temporalidad: la constitución de un ritmo. La diferenciación entre lo cercano y lo lejano, entre lo anterior y lo posterior, supone un ritmo como anticipo de la temporalidad y la espacialidad. Cuando el yo regulador no está constituido, todo vive al mismo tiempo —como en la clínica del autismo, donde la falta de filtrado simbólico hace que todas las percepciones lleguen en un mismo registro—. Pensaba en una paciente mía, una niña con autismo: todo está al mismo tiempo, lo que escuchó afuera, lo que le dije yo, lo que está ocurriendo en la sala de espera. Ese yo regulador no puede operar porque no hay contrainvestidura que filtre. El analista tiene que construir una ritmicidad con el paciente como cimiento del trabajo: esto pasó primero, esto pasó después, esto que está retornando ahora. IV Lo que vemos clínicamente en el presente es un debilitamiento de la defensa: defensas primarias, primitivas, que no alcanzan la densificación simbólica necesaria para la elaboración. La elaboración requiere buenas defensas —la distancia suficiente para el trabajo metafórico—. Donde no hay esa distancia, las identificaciones se rigidizan o se fragmentan en impulsividad y melancolización. La fragilidad de los seres humanos del presente no es un debilitamiento del yo como instancia abstracta; es una fragilidad que está relacionada con lo primaria y primitiva que son sus defensas. Frente a eso, el trabajo clínico no se reduce a intervenciones metafóricas o paradójicas con el lenguaje. La idea de que el analista va a hacer intervenciones enigmáticas y no sé qué es una caricatura. Para llegar al simbólico hay que atravesar el mundo imaginario, y para eso necesito los objetos, los juguetes, lo que me da un soporte de intercambio. Proveer contrainvestidura significa densificar el espacio simbólico: todo lo que el analista puede donar a ese espacio para que se vuelva más rico. El comentario de una película, un libro prestado, recibir o no un regalo, la construcción paciente de un vínculo amoroso en la transferencia. Esa densificación es lo que va aflojando las identificaciones sólidas. La transferencia es la herramienta fundamental. Desde ella podemos pensar cómo construir figurabilidad y densificar el mundo simbólico del paciente. No es ningún secreto ni la fantasía de la interpretación; es entender dónde estamos puestos, desde dónde el otro nos habla. Es una conversación cálida. El psicoanálisis no tiene un misterio: es muy sutil, es muy difícil, pero a la vez tiene una sencillez. Es un encuentro amoroso. V Hay algo de la fragilidad parental contemporánea que necesitamos pensar. La cesión narcisista materna va cambiando a lo largo de la vida de un niño; no es lo mismo un bebé a quien se ve hermoso y en quien la madre se mira, que un adolescente cuyo cuerpo introduce la cuestión de lo sexual. Tenemos un excelente conjunto de madres de bebés que no logran transitar con el afecto creciendo con el hijo. La crianza respetuosa es para bebés: no llegó a la adolescencia. Y cuando la identificación de la maternidad está puesta solo en la maternidad —somos excelentes mamás que hacemos mucho colecho y damos leche hasta la hora del…
6 de abril de 2026
¡Tenemos nueva sede!
26 de octubre de 2025
La posición del analista en la clínica de adolescentes.
La intervención de Joseph Knobel Freud se centra en un eje fundamental de la clínica con adolescentes: la transferencia y la posición del analista. Su hilo argumental atraviesa tanto la relación con los jóvenes como el delicado vínculo con sus padres, insistiendo en que el psicoanalista debe sostener un lugar diferenciado, ni paterno, ni materno, ni de amigo, sino estrictamente analítico. Uno de los primeros puntos destacados es que la transferencia nunca es única, sino múltiple. Junto a la que establece el adolescente, también se despliega la de los padres, quienes suelen sentirse culpabilizados y juzgados. El analista debe evitar ocupar el lugar de juez, rival o sustituto parental, y construir en cambio una alianza terapéutica que reconozca a los padres, sin olvidar que el centro es el adolescente. En este marco, Joseph subraya la importancia del encuadre como sostén de la transferencia. Retomando a Winnicott y André Green, plantea que el encuadre es el punto de anclaje del trabajo clínico: horarios, reglas claras y límites explícitos. Pero más allá de lo formal, el encuadre es también un encuadre interno, una posición subjetiva del analista que se aprende en el propio análisis y que protege de caer en confusiones afectivas. Gracias a ello, el analista puede soportar la transferencia negativa —los ataques, el silencio, la hostilidad— sin salirse de su función. La clase se enriquece con varios casos clínicos. Joseph relata la historia de un adolescente adicto al cannabis que, pese a su resistencia y silencios, mostraba con su puntualidad el valor que otorgaba al tratamiento; o la de un joven grafitero cuyos dibujos permitieron simbolizar fantasías de rechazo y violencia primaria, posibilitando un trabajo profundo hasta transformarse en un artista reconocido. Otro ejemplo es el de un chico que jugaba al Fortnite, donde el analista, lejos de banalizar el juego, lo usó como espacio transicional para desplegar conflictos de identidad sexual, duelo y muerte, enfrentando también la resistencia del padre que no entendía el valor clínico de ese recurso. En todos los relatos se reafirma la idea de que el psicoanalista no es un compañero de juegos ni un “profesor simpático” al estilo del Club de los Poetas Muertos. El analista debe mantener distancia y función, sin negar el afecto, pero canalizándolo como amor a la profesión y pasión por comprender lo inconsciente. Este afecto se pone a disposición en el espacio analítico, sin confundirse con el amor parental ni con vínculos de amistad. Hacia el final, Joseph destaca que la transferencia positiva con padres y adolescentes es lo que permite desplegar la confianza necesaria para que emerjan incluso situaciones críticas —como un intento de abuso a través de redes sociales— y que el analista pueda actuar como sostén y referente confiable, siempre desde su lugar propio y nunca reemplazando a la función familiar. Revisa la grabación de la clase completa aquí:
28 de septiembre de 2025
Instrumentos del método: construcciones, intervenciones
En su clase, Verónica Buchanan abordó la especificidad del trabajo psicoanalítico con adolescentes a partir del eje “instrumentos del método, construcciones, intervenciones simbolizantes, interpretaciones”. Para dar vida a estas nociones, partió de viñetas clínicas que permitieron anclar los conceptos teóricos en experiencias concretas. Uno de los casos centrales fue el de Carolina, una adolescente marcada por la desinversión corporal y el insomnio. Su relato mostró cómo, en la adolescencia, las intervenciones no se reducen a la interpretación clásica, sino que muchas veces deben sostener lo más elemental: la posibilidad de dormir, de habitar el propio cuerpo y de construir un borde mínimo frente al vacío. La analista recordó cómo Carolina llegó a dormir en la bañadera y, posteriormente, en el consultorio, subrayando que el análisis, en este primer tiempo, consistió en ofrecer un sostén ambiental más que simbólico. Solo más adelante pudo abrirse paso la pregunta por la sexualidad, mediada por vínculos amorosos, dando inicio a la dimensión propiamente adolescente de la experiencia. A partir de este caso, Buchanan introdujo la lectura de Winnicott sobre la tendencia antisocial, destacando que no constituye un diagnóstico sino un signo de esperanza frente a la desposesión. El robo y la destructividad, dice Winnicott, expresan la expectativa de recuperar aquello bueno perdido. En esta línea, Buchanan insistió en la importancia de la disponibilidad del analista, no desde la condescendencia masoquista, sino desde un sostén atravesado por el humor, capaz de ofrecer un borde sin rechazar. El segundo eje teórico fue Bion y su reelaboración del Edipo. Bion propone desplazar el centro del conflicto del crimen sexual al de la arrogancia y la curiosidad desmedida: un “querer saber a cualquier precio” que, al no estar atravesado por la sexualidad, deriva en mecanismos psicóticos. Buchanan mostró cómo en algunos adolescentes la arrogancia y la negación del conflicto producen subjetividades blindadas, resistentes a la palabra del analista, donde toda interpretación puede vivirse como un ataque. En estos casos, la dificultad radica en introducir una pregunta sexual que abra un campo sintomático, evitando que la curiosidad se vuelva pura avidez narcisista. Finalmente, retomando a Lacan, destacó la función del padre en tanto “impacto” o “no” fundante. Ese no, distinto del rechazo, inaugura la posibilidad del conflicto sexual. Relató ejemplos de intervenciones donde la negativa del analista no clausura, sino que funda un límite simbólico que hace posible el lazo con la sexualidad y la construcción de un síntoma. La clase concluyó con una reflexión sobre la conversación como instrumento privilegiado con adolescentes. A diferencia de los adultos —con quienes el silencio puede ser productivo—, en la adolescencia la conversación cumple un papel subjetivante, generando el espacio necesario para que surja una pregunta y se abra el terreno para la interpretación. En su clase, Verónica Buchanan abordó la especificidad del trabajo psicoanalítico con adolescentes a partir del eje “instrumentos del método, construcciones, intervenciones simbolizantes, interpretaciones”. Para dar vida a estas nociones, partió de viñetas clínicas que permitieron anclar los conceptos teóricos en experiencias concretas. Uno de los casos centrales fue el de Carolina, una adolescente marcada por la desinversión corporal y el insomnio. Su relato mostró cómo, en la adolescencia, las intervenciones no se reducen a la interpretación clásica, sino que muchas veces deben sostener lo más elemental: la posibilidad de dormir, de habitar el propio cuerpo y de construir un borde mínimo frente al vacío. La analista recordó cómo Carolina llegó a dormir en la bañadera y, posteriormente, en el consultorio, subrayando que el análisis, en este primer tiempo, consistió en ofrecer un sostén ambiental más que simbólico. Solo más adelante pudo abrirse paso la pregunta por la sexualidad, mediada por vínculos amorosos, dando inicio a la dimensión propiamente adolescente de la experiencia. Revisa la clase completa en este link:
28 de septiembre de 2025
Especificidad del análisis con adolescentes. Fundamentos de la técnica: entrevistas iniciales
En su clase, Albana Paganini planteó la dificultad de hablar de una “clínica de la adolescencia” en términos estrictamente nosográficos. La adolescencia, señaló, no puede reducirse a categorías diagnósticas fijas: es, más bien, una experiencia intersubjetiva que se mueve entre lo familiar y lo extrafamiliar, entre el adentro y el afuera, marcada por un profundo trabajo de duelo. Se trata de un duelo múltiple: por la infancia, por el cuerpo infantil que se transforma en un cuerpo extraño y desconocido, por la autoridad parental que pierde su carácter idealizado y por aquellas identificaciones tempranas que deben ser resignificadas.
29 de agosto de 2025
Los escenarios actuales de la pulsión de muerte
Albana Paganini- Clase 4 módulo 2- Psicopatología de la adolescencia La clase impartida por Albana Paganini en la formación clínica en psicoanálisis de adolescentes abordó desde una perspectiva teórica y clínica la complejidad del trabajo analítico con adolescentes, enfatizando especialmente en aspectos metapsicológicos relacionados con la pulsión de muerte, el narcisismo y la constitución psíquica del adolescente. Albana comenzó su exposición revisando conceptos esenciales del pensamiento freudiano, destacando especialmente la articulación entre narcisismo, pulsión y represión primaria. Presentó discusiones relevantes en la teoría psicoanalítica, especialmente entre André Green y Jean Laplanche, sobre la pulsión de muerte entendida como tendencia hacia la desobjetalización, desligazón psíquica y vacío subjetivo. También subrayó la importancia crucial del juego como herramienta de elaboración psíquica en la clínica con niños y adolescentes, especialmente para transformar la angustia en posibilidades simbólicas. Desde una perspectiva clínica, Albana enfatizó la necesidad de distinguir claramente entre agresividad y agresión, señalando que la primera corresponde a un elemento diferenciador, mientras que la segunda implica una tendencia sádica hacia la destrucción del otro. Asimismo, destacó la importancia del trabajo interdisciplinario y de una red terapéutica sólida que acompañe al paciente adolescente, sobre todo en aquellos casos más complejos, donde la estructura psíquica presenta vulnerabilidades significativas. Refiriéndose de manera general a su experiencia clínica, Albana resaltó la importancia de cuidar los límites transferenciales, evitando la omnipotencia en el rol analítico, y siendo capaz de reconocer cuando las condiciones terapéuticas no permiten sostener un proceso analítico seguro y efectivo. En estos casos, subrayó la relevancia ética de realizar intervenciones claras, respetuosas y ritualizadas, que permitan cerrar procesos terapéuticos de forma que posibiliten futuros abordajes. Finalmente, insistió en la necesidad de un acompañamiento cuidadoso a las experiencias identitarias y corporales en la adolescencia, resaltando la importancia de diferenciar claramente los deseos y fantasías del entorno familiar respecto de los procesos subjetivos propios del adolescente. Concluyó enfatizando la importancia de sostener al adolescente en su singularidad, ofreciendo un espacio psíquico y emocional que permita elaborar la angustia y promover transformaciones subjetivas auténticas. Ve la clase completa aquí:
20 de julio de 2025
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