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Reflexiones clínicas sobre psicoanálisis, infancia, adolescencia y memoria.
La defensa como fundamento del sujeto
Notas a partir de la primera sesión del Seminario Psicoanálisis para descolonizarse (versión 2026) Hay una frase de la antropóloga forense en Los huesos, la obra de Manuela Infante, que no me dejó dormir después de verla: para buscar cualquier cosa, primero hay que saber que se ha perdido algo. Esa frase, que en la obra funciona como una declaración de oficio —ella es una buscadora profesional de restos humanos—, me parece que condensa algo de lo que intentamos pensar con Albana Paganini en la primera sesión de este seminario que hemos llamado, no sin cierta ambición, Psicoanálisis para descolonizarse. El seminario se inscribe en una apuesta política que para nosotras es inseparable del trabajo clínico. El psicoanálisis no es una técnica neutral. El principio de abstinencia no es la neutralidad política; es una posición que apuesta por la constitución de un sujeto. Esto hay que decirlo con todas sus letras, porque la clínica psicoanalítica está atravesada por contingencias políticas desde su origen: surgió en contexto de guerras europeas, se ramificó según las migraciones forzadas de sus practicantes —Anna Freud hacia Estados Unidos y el encuentro con la psicología experimental, Melanie Klein en Inglaterra y la disputa con los freudianos ortodoxos—, y llegó a Latinoamérica con esas marcas. Descolonizar la clínica exige explicitar esa dimensión. Y el seminario mismo —abierto, gratuito, en una cafebrería, alrededor de una taza de café— es una forma de transmisión que materializa esa apuesta. I Albana abrió la sesión con un recorrido que a mí me parece fundamental y que voy a reconstruir aquí a mi manera, porque lo que ella hizo fue poner los cimientos metapsicológicos de todo lo que vino después. Siguiendo a Silvia Bleichmar —que a su vez toma de Castoriadis y de Piera Aulagnier—, Albana estableció una distinción que vertebra toda la sesión: una cosa es la producción de subjetividad, las formas en que las sociedades determinan representaciones culturales para constituir sujetos plausibles de integración; otra cosa es la constitución del aparato psíquico, donde operan mecanismos invariables —represión, identificación, defensa— que no se reducen a las coloraturas históricas que los tiñen. La represión es la represión como mecanismo psíquico, independientemente de qué representaciones tome en cada época. No es la represión social, aunque a veces se confunda. “Me llegan padres que dicen que no quieren reprimir a sus hijos porque la represión es mala, como si fuera un acto de voluntad, como si la represión no fuera un mecanismo inconsciente que funda la tópica psíquica. En el mejor de los casos”. Esto tiene una consecuencia clínica inmediata: “si un analista trabaja desde la perspectiva de género, por ejemplo, esas concepciones culturales no pueden definir por sí solas la pregunta que un sujeto nos plantea en la consulta. Porque si respondemos solo desde la producción de subjetividad, no estamos viendo cómo se constituye ese yo, qué mecanismos de defensa operan, qué niveles de angustia hay, cómo se construyen las identificaciones que marcan históricamente a esa persona. La escucha analítica debe operar en ambos registros sin colapsar uno sobre otro”. II Albana propuso leer a Freud en tres momentos. El primero es el Proyecto de una psicología para neurólogos, de 1895, un texto que a Freud le dio un dolor de guata espantoso —lo detestaba, no podía terminarlo— y que sin embargo es el primer esbozo de un aparato psíquico. Es un aparato de la memoria. Su corazón es lo que Freud llama el sistema psi: el modo en que se constituyen las huellas mnémicas. Y el yo aparece allí como una red cuya función es inhibir el exceso de excitación que produce este sistema de memoria. Esa función inhibitoria es el antecedente de las defensas psíquicas. Lo brillante del Proyecto —y esto es algo que Albana subrayó— es que lo que debe ser tramitado no proviene de la realidad exterior sino del interior. En la vivencia de satisfacción primaria, cuando el otro interviene para calmar el hambre del bebé, se introduce simultáneamente una excitación que excede esa necesidad. La leche calma el hambre, pero en ese encuentro con la leche el bebé se encuentra con otras cosas: vivencias, sonidos, olores, lo sexual del otro. Algo queda en el incipiente aparato psíquico que requiere que el yo inhiba ese exceso. La memoria queda colonizada por el otro. Lo más íntimo del sujeto es simultáneamente lo más ajeno. El segundo momento es la Introducción al narcisismo de 1914. El yo no existe desde el comienzo; es un acto psíquico que debe advenir. Lo originario es el autoerotismo: excitación pulsional sin unidad. Bleichmar lo piensa como narcisismo trasvasante: la madre opera como doble conmutador, excitando —porque está atravesada por lo sexual— y simultáneamente apaciguando. Las contrainvestiduras que detienen la excitación pulsional provienen de esa donación narcisista y toman la forma de identificaciones primarias: el nombre que nos ponen, el lugar que nos dan al nacer, la historia que nos cuentan. Esas primeras marcas constituyen la construcción identitaria. El yo tiene un fundamento narcisista: es una red de identificaciones primarias que opera como tope frente a lo pulsional y como soporte de la vida psíquica. Como señala Laplanche: sobrevivimos por amor al yo. Aquí se abre una distinción clínica que para mí es central: no es lo mismo un yo bien constituido que un yo con falla narcisista estructural. Cuando la red narcisista está armada, el analista puede producir desidentificaciones de los lugares identitarios que colonizan y asfixian al sujeto. Cuando hay falla en esa estructura, el trabajo es inverso: tejer, armar andamiaje, construir contrainvestidura. Confundir ambas posiciones —operar desidentificaciones donde no hay tejido narcisista— es iatrogénico. Y esto es algo que necesitamos pensar con mucho cuidado en la clínica contemporánea, porque nos encontramos cada vez más con identificaciones sólidas —en el sentido de Recalcati—, rígidas pero muy frágiles a la vez. El tercer momento —que Albana dejó anunciado para la próxima sesión— es el giro del año 1920: la introducción de la pulsión de muerte, la compulsión a la repetición, la identificación con el objeto muerto. El yo deja de ser aliado. Hay un vaciamiento que produce en el yo la identificación de un objeto muerto —lo que Green describirá— como si el yo perdiera su capacidad de investidura, de construir objetos y de investir. El problema de la resignación, concluía Albana, no pasa por la razón sino por la identificación a lo muerto, a la melancolización. III Yo tomé la posta desde otro lugar. El fin de semana anterior había visto Los huesos, la obra de Manuela Infante, y me pareció que lo que hacía esa obra era exactamente lo que Albana había puesto en conceptos metapsicológicos, pero en otro registro. La protagonista es una antropóloga forense que quiere que sus hallazgos —los huesitos— puedan hacerse música. Otro tipo de registro, otra forma en que esos restos hablen. De ahí tomé una metáfora que me parece que organiza algo de lo que intentamos pensar en este seminario: la del golpe y el material. Todo empieza en un golpe. La pulsión golpea al cuerpo, el otro golpea al viviente con su deseo enigmático, la cultura golpea al sujeto con sus imperativos. No hay manera de vivir sin recibir golpes. Nacer es recibir un golpe de alguna forma, del mismo modo que no hay instrumento que suene sin ser percutido, frotado, soplado, sin que una fuerza lo atraviese. La pregunta no es si habrá golpe. La pregunta es qué pasa con el material que lo recibe. Un golpe sobre un material que no puede absorberlo produce ruptura. El mismo golpe sobre un material con elasticidad y densidad suficientes produce sonido. Y si quien golpea conoce profundamente la fortaleza de los materiales, ese sonido puede ser música. La defensa psíquica es exactamente eso: la capacidad de un material para recibir una fuerza y transformarla en algo que no sea destrucción —en sueño, en síntoma, en lapsus, en chiste, en las formaciones mismas del análisis—. El yo no tiene defensas: el yo es la defensa misma. Identificarse es simultáneamente investir y contrainvestir, apropiarse de los rasgos del otro y constituir un borde que delimita adentro y afuera. Sin defensa no hay sujeto. El psicoanálisis nunca ha apuntado a un sujeto sin defensa —eso sería un instrumento sin caja de resonancia— sino a un sujeto que pueda reconocer cómo sus defensas lo organizan, qué protegen y a qué costo. La caricia, propongo, es el primer golpe que no rompe: fuerza aplicada con conocimiento íntimo de la fragilidad del material, la fuerza mínima necesaria para inscribir la presencia del otro sin arrasar al viviente. Es el trabajo materno del que Albana había hablado: moderar el dolor del hambre, el frío, el ejercicio de una fuerza que aplica su conocimiento sobre lo frágil que es ese nuevo viviente. El narcisismo es la envoltura libidinal que hace posible que el material vibre. Cuando esa envoltura falla, no hay materia que pueda vibrar: no hay contrainvestidura fallida, hay ausencia de contrainvestidura. La defensa incluye además una temporalidad: la constitución de un ritmo. La diferenciación entre lo cercano y lo lejano, entre lo anterior y lo posterior, supone un ritmo como anticipo de la temporalidad y la espacialidad. Cuando el yo regulador no está constituido, todo vive al mismo tiempo —como en la clínica del autismo, donde la falta de filtrado simbólico hace que todas las percepciones lleguen en un mismo registro—. Pensaba en una paciente mía, una niña con autismo: todo está al mismo tiempo, lo que escuchó afuera, lo que le dije yo, lo que está ocurriendo en la sala de espera. Ese yo regulador no puede operar porque no hay contrainvestidura que filtre. El analista tiene que construir una ritmicidad con el paciente como cimiento del trabajo: esto pasó primero, esto pasó después, esto que está retornando ahora. IV Lo que vemos clínicamente en el presente es un debilitamiento de la defensa: defensas primarias, primitivas, que no alcanzan la densificación simbólica necesaria para la elaboración. La elaboración requiere buenas defensas —la distancia suficiente para el trabajo metafórico—. Donde no hay esa distancia, las identificaciones se rigidizan o se fragmentan en impulsividad y melancolización. La fragilidad de los seres humanos del presente no es un debilitamiento del yo como instancia abstracta; es una fragilidad que está relacionada con lo primaria y primitiva que son sus defensas. Frente a eso, el trabajo clínico no se reduce a intervenciones metafóricas o paradójicas con el lenguaje. La idea de que el analista va a hacer intervenciones enigmáticas y no sé qué es una caricatura. Para llegar al simbólico hay que atravesar el mundo imaginario, y para eso necesito los objetos, los juguetes, lo que me da un soporte de intercambio. Proveer contrainvestidura significa densificar el espacio simbólico: todo lo que el analista puede donar a ese espacio para que se vuelva más rico. El comentario de una película, un libro prestado, recibir o no un regalo, la construcción paciente de un vínculo amoroso en la transferencia. Esa densificación es lo que va aflojando las identificaciones sólidas. La transferencia es la herramienta fundamental. Desde ella podemos pensar cómo construir figurabilidad y densificar el mundo simbólico del paciente. No es ningún secreto ni la fantasía de la interpretación; es entender dónde estamos puestos, desde dónde el otro nos habla. Es una conversación cálida. El psicoanálisis no tiene un misterio: es muy sutil, es muy difícil, pero a la vez tiene una sencillez. Es un encuentro amoroso. V Hay algo de la fragilidad parental contemporánea que necesitamos pensar. La cesión narcisista materna va cambiando a lo largo de la vida de un niño; no es lo mismo un bebé a quien se ve hermoso y en quien la madre se mira, que un adolescente cuyo cuerpo introduce la cuestión de lo sexual. Tenemos un excelente conjunto de madres de bebés que no logran transitar con el afecto creciendo con el hijo. La crianza respetuosa es para bebés: no llegó a la adolescencia. Y cuando la identificación de la maternidad está puesta solo en la maternidad —somos excelentes mamás que hacemos mucho colecho y damos leche hasta la hora del…
6 de abril de 2026
¡Tenemos nueva sede!
26 de octubre de 2025
La posición del analista en la clínica de adolescentes.
La intervención de Joseph Knobel Freud se centra en un eje fundamental de la clínica con adolescentes: la transferencia y la posición del analista. Su hilo argumental atraviesa tanto la relación con los jóvenes como el delicado vínculo con sus padres, insistiendo en que el psicoanalista debe sostener un lugar diferenciado, ni paterno, ni materno, ni de amigo, sino estrictamente analítico. Uno de los primeros puntos destacados es que la transferencia nunca es única, sino múltiple. Junto a la que establece el adolescente, también se despliega la de los padres, quienes suelen sentirse culpabilizados y juzgados. El analista debe evitar ocupar el lugar de juez, rival o sustituto parental, y construir en cambio una alianza terapéutica que reconozca a los padres, sin olvidar que el centro es el adolescente. En este marco, Joseph subraya la importancia del encuadre como sostén de la transferencia. Retomando a Winnicott y André Green, plantea que el encuadre es el punto de anclaje del trabajo clínico: horarios, reglas claras y límites explícitos. Pero más allá de lo formal, el encuadre es también un encuadre interno, una posición subjetiva del analista que se aprende en el propio análisis y que protege de caer en confusiones afectivas. Gracias a ello, el analista puede soportar la transferencia negativa —los ataques, el silencio, la hostilidad— sin salirse de su función. La clase se enriquece con varios casos clínicos. Joseph relata la historia de un adolescente adicto al cannabis que, pese a su resistencia y silencios, mostraba con su puntualidad el valor que otorgaba al tratamiento; o la de un joven grafitero cuyos dibujos permitieron simbolizar fantasías de rechazo y violencia primaria, posibilitando un trabajo profundo hasta transformarse en un artista reconocido. Otro ejemplo es el de un chico que jugaba al Fortnite, donde el analista, lejos de banalizar el juego, lo usó como espacio transicional para desplegar conflictos de identidad sexual, duelo y muerte, enfrentando también la resistencia del padre que no entendía el valor clínico de ese recurso. En todos los relatos se reafirma la idea de que el psicoanalista no es un compañero de juegos ni un “profesor simpático” al estilo del Club de los Poetas Muertos. El analista debe mantener distancia y función, sin negar el afecto, pero canalizándolo como amor a la profesión y pasión por comprender lo inconsciente. Este afecto se pone a disposición en el espacio analítico, sin confundirse con el amor parental ni con vínculos de amistad. Hacia el final, Joseph destaca que la transferencia positiva con padres y adolescentes es lo que permite desplegar la confianza necesaria para que emerjan incluso situaciones críticas —como un intento de abuso a través de redes sociales— y que el analista pueda actuar como sostén y referente confiable, siempre desde su lugar propio y nunca reemplazando a la función familiar. Revisa la grabación de la clase completa aquí:
28 de septiembre de 2025
Instrumentos del método: construcciones, intervenciones
En su clase, Verónica Buchanan abordó la especificidad del trabajo psicoanalítico con adolescentes a partir del eje “instrumentos del método, construcciones, intervenciones simbolizantes, interpretaciones”. Para dar vida a estas nociones, partió de viñetas clínicas que permitieron anclar los conceptos teóricos en experiencias concretas. Uno de los casos centrales fue el de Carolina, una adolescente marcada por la desinversión corporal y el insomnio. Su relato mostró cómo, en la adolescencia, las intervenciones no se reducen a la interpretación clásica, sino que muchas veces deben sostener lo más elemental: la posibilidad de dormir, de habitar el propio cuerpo y de construir un borde mínimo frente al vacío. La analista recordó cómo Carolina llegó a dormir en la bañadera y, posteriormente, en el consultorio, subrayando que el análisis, en este primer tiempo, consistió en ofrecer un sostén ambiental más que simbólico. Solo más adelante pudo abrirse paso la pregunta por la sexualidad, mediada por vínculos amorosos, dando inicio a la dimensión propiamente adolescente de la experiencia. A partir de este caso, Buchanan introdujo la lectura de Winnicott sobre la tendencia antisocial, destacando que no constituye un diagnóstico sino un signo de esperanza frente a la desposesión. El robo y la destructividad, dice Winnicott, expresan la expectativa de recuperar aquello bueno perdido. En esta línea, Buchanan insistió en la importancia de la disponibilidad del analista, no desde la condescendencia masoquista, sino desde un sostén atravesado por el humor, capaz de ofrecer un borde sin rechazar. El segundo eje teórico fue Bion y su reelaboración del Edipo. Bion propone desplazar el centro del conflicto del crimen sexual al de la arrogancia y la curiosidad desmedida: un “querer saber a cualquier precio” que, al no estar atravesado por la sexualidad, deriva en mecanismos psicóticos. Buchanan mostró cómo en algunos adolescentes la arrogancia y la negación del conflicto producen subjetividades blindadas, resistentes a la palabra del analista, donde toda interpretación puede vivirse como un ataque. En estos casos, la dificultad radica en introducir una pregunta sexual que abra un campo sintomático, evitando que la curiosidad se vuelva pura avidez narcisista. Finalmente, retomando a Lacan, destacó la función del padre en tanto “impacto” o “no” fundante. Ese no, distinto del rechazo, inaugura la posibilidad del conflicto sexual. Relató ejemplos de intervenciones donde la negativa del analista no clausura, sino que funda un límite simbólico que hace posible el lazo con la sexualidad y la construcción de un síntoma. La clase concluyó con una reflexión sobre la conversación como instrumento privilegiado con adolescentes. A diferencia de los adultos —con quienes el silencio puede ser productivo—, en la adolescencia la conversación cumple un papel subjetivante, generando el espacio necesario para que surja una pregunta y se abra el terreno para la interpretación. En su clase, Verónica Buchanan abordó la especificidad del trabajo psicoanalítico con adolescentes a partir del eje “instrumentos del método, construcciones, intervenciones simbolizantes, interpretaciones”. Para dar vida a estas nociones, partió de viñetas clínicas que permitieron anclar los conceptos teóricos en experiencias concretas. Uno de los casos centrales fue el de Carolina, una adolescente marcada por la desinversión corporal y el insomnio. Su relato mostró cómo, en la adolescencia, las intervenciones no se reducen a la interpretación clásica, sino que muchas veces deben sostener lo más elemental: la posibilidad de dormir, de habitar el propio cuerpo y de construir un borde mínimo frente al vacío. La analista recordó cómo Carolina llegó a dormir en la bañadera y, posteriormente, en el consultorio, subrayando que el análisis, en este primer tiempo, consistió en ofrecer un sostén ambiental más que simbólico. Solo más adelante pudo abrirse paso la pregunta por la sexualidad, mediada por vínculos amorosos, dando inicio a la dimensión propiamente adolescente de la experiencia. Revisa la clase completa en este link:
28 de septiembre de 2025
Especificidad del análisis con adolescentes. Fundamentos de la técnica: entrevistas iniciales
En su clase, Albana Paganini planteó la dificultad de hablar de una “clínica de la adolescencia” en términos estrictamente nosográficos. La adolescencia, señaló, no puede reducirse a categorías diagnósticas fijas: es, más bien, una experiencia intersubjetiva que se mueve entre lo familiar y lo extrafamiliar, entre el adentro y el afuera, marcada por un profundo trabajo de duelo. Se trata de un duelo múltiple: por la infancia, por el cuerpo infantil que se transforma en un cuerpo extraño y desconocido, por la autoridad parental que pierde su carácter idealizado y por aquellas identificaciones tempranas que deben ser resignificadas.
29 de agosto de 2025
Los escenarios actuales de la pulsión de muerte
Albana Paganini- Clase 4 módulo 2- Psicopatología de la adolescencia La clase impartida por Albana Paganini en la formación clínica en psicoanálisis de adolescentes abordó desde una perspectiva teórica y clínica la complejidad del trabajo analítico con adolescentes, enfatizando especialmente en aspectos metapsicológicos relacionados con la pulsión de muerte, el narcisismo y la constitución psíquica del adolescente. Albana comenzó su exposición revisando conceptos esenciales del pensamiento freudiano, destacando especialmente la articulación entre narcisismo, pulsión y represión primaria. Presentó discusiones relevantes en la teoría psicoanalítica, especialmente entre André Green y Jean Laplanche, sobre la pulsión de muerte entendida como tendencia hacia la desobjetalización, desligazón psíquica y vacío subjetivo. También subrayó la importancia crucial del juego como herramienta de elaboración psíquica en la clínica con niños y adolescentes, especialmente para transformar la angustia en posibilidades simbólicas. Desde una perspectiva clínica, Albana enfatizó la necesidad de distinguir claramente entre agresividad y agresión, señalando que la primera corresponde a un elemento diferenciador, mientras que la segunda implica una tendencia sádica hacia la destrucción del otro. Asimismo, destacó la importancia del trabajo interdisciplinario y de una red terapéutica sólida que acompañe al paciente adolescente, sobre todo en aquellos casos más complejos, donde la estructura psíquica presenta vulnerabilidades significativas. Refiriéndose de manera general a su experiencia clínica, Albana resaltó la importancia de cuidar los límites transferenciales, evitando la omnipotencia en el rol analítico, y siendo capaz de reconocer cuando las condiciones terapéuticas no permiten sostener un proceso analítico seguro y efectivo. En estos casos, subrayó la relevancia ética de realizar intervenciones claras, respetuosas y ritualizadas, que permitan cerrar procesos terapéuticos de forma que posibiliten futuros abordajes. Finalmente, insistió en la necesidad de un acompañamiento cuidadoso a las experiencias identitarias y corporales en la adolescencia, resaltando la importancia de diferenciar claramente los deseos y fantasías del entorno familiar respecto de los procesos subjetivos propios del adolescente. Concluyó enfatizando la importancia de sostener al adolescente en su singularidad, ofreciendo un espacio psíquico y emocional que permita elaborar la angustia y promover transformaciones subjetivas auténticas. Ve la clase completa aquí:
20 de julio de 2025
“Trastornos del comportamiento alimentario” -Luciano Lutereau
Luciano Lutereau plantea una reflexión profunda sobre los trastornos alimenticios desde una perspectiva psicoanalítica, especialmente vinculada a la adolescencia y a la pulsión oral. Su análisis evita los lugares comunes asociados a los ideales de belleza de la época, destacando en cambio cómo la pulsión oral se constituye de manera particular: no por la satisfacción que produce la alimentación, sino a través de una contrainvestidura, es decir, por el rechazo hacia el alimento. Este rechazo, caracterizado generalmente por la sensación de asco, establece un borde psíquico que resulta fundamental para la subjetividad humana. Cuando esta contrainvestidura falta, como sucede en algunos casos psicóticos, aparecen patologías severas, manifestadas en conductas alimenticias desbordadas y sin límite. En este marco, Lutereau enfatiza la relación entre alimentación y deseo, explicando que la verdadera erotización de la comida radica en su rechazo. Por ejemplo, dejar restos en el plato representa simbólicamente la separación subjetiva del otro, marcando un límite frente a la devoración del otro. Así, paradójicamente, cuanto más contundente es el rechazo, más erotizada está la relación con el alimento. La adolescencia, según Lutereau, implica una reedición de esta pulsión oral, ya que la pubertad trae consigo una reactivación sexual que transforma nuevamente la relación con la oralidad. Es en esta etapa cuando la boca vuelve a erotizarse, pero ahora fundamentalmente a través de los besos, acción que caracteriza la experiencia adolescente inicial. Este acto, que resulta inédito y placentero en esta etapa, permite la reinscripción del borde pulsional de la oralidad, pero esta vez de forma diferente, generando inhibiciones que impiden una devoración absoluta del otro. A partir de este punto, Lutereau introduce un elemento clave en su exposición: la ternura. Esta se presenta como una formación psíquica secundaria propia de la adolescencia y que tiene dos fuentes pulsionales: una oral y otra anal. Por un lado, la ternura se origina en la reinscripción oral representada por el beso, que evita la devoración del objeto. Por otro, desde una fuente anal, la ternura surge como sublimación de la pulsión expulsiva, reflejada en la capacidad de acariciar sin apropiarse ni expulsar al otro. En este sentido, la ternura constituye un indicador clave del desarrollo psíquico y erótico adulto. Durante la discusión, Lutereau observa que las formas clásicas de trastornos alimenticios en adolescentes, como la anorexia y la bulimia asociadas directamente con los ideales estéticos, están disminuyendo en la actualidad. En cambio, percibe que estos trastornos han evolucionado hacia manifestaciones clínicas más severas y estructuras subjetivas más precarias, como trastornos límite de la personalidad, toxicomanías y otras conductas autodestructivas. Esto se explicaría parcialmente por los cambios en los patrones de crianza, especialmente una maternidad que describe como “anticipatoria” e hiperprotectora, que evita a toda costa la frustración y la separación necesarias para la constitución psíquica de los adolescentes. Esta tendencia dificulta enormemente que los jóvenes contemporáneos desarrollen una relación saludable con el vacío, la separación y, en consecuencia, con la capacidad de experimentar deseo y ternura de forma madura. Finalmente, Lutereau aborda críticamente los cambios contemporáneos en la psicopatología, subrayando cómo actualmente se observa una prevalencia creciente de estructuras psíquicas más cercanas a la psicosis, donde los diagnósticos tradicionales como el autismo y los trastornos límites se reformulan constantemente para dar cuenta de una nueva “normalidad” caracterizada por la precariedad subjetiva. De este modo, la clínica actual parece estar enfrentándose a una profunda transformación en la manera de entender y tratar las problemáticas adolescentes, especialmente aquellas relacionadas con la alimentación, la sexualidad y los afectos. Revisa aquí la clase completa:
5 de julio de 2025
Depresión en la Adolescencia.
En la clase impartida por la psicoanalista Claudia Hernández del Solar se exploraron de manera exhaustiva las distintas manifestaciones de la depresión durante esta etapa crucial del desarrollo, desde una perspectiva eminentemente psicoanalítica. Partiendo del reconocimiento de la adolescencia como un período caracterizado por una reelaboración identificatoria, la especialista resaltó cómo los adolescentes deben enfrentarse inevitablemente a pérdidas y duelos que desafían su sentido del sí mismo, generando una crisis subjetivante que puede describirse como un auténtico “colapso de sentido”. Durante la clase, Hernández del Solar profundizó especialmente en las nociones freudianas de narcisismo y autorotismo. Explicó que, según Freud y retomado por Silvia Blechmar, el narcisismo primario no es una experiencia aislada o autosuficiente, sino que depende profundamente de la mirada y reconocimiento del otro. El adolescente, entonces, busca continuamente una mirada que valide su existencia y su valor como objeto amoroso. Asimismo, se estableció una distinción clave entre el autoerotismo, que implica el goce pulsional directo y parcial, y el narcisismo, que necesariamente involucra relaciones de objeto y representaciones internalizadas. A partir de esto, la psicoanalista introdujo la clásica diferenciación freudiana entre duelo y melancolía. Según Freud, el duelo es la reacción consciente y temporalmente limitada frente a pérdidas específicas que pueden elaborarse simbólicamente, mientras que en la melancolía, el sujeto no logra desprenderse del objeto perdido, produciéndose una identificación narcisista inconsciente con él, lo que genera una profunda tristeza y desazón. En este contexto, Hernández del Solar mencionó la crítica contemporánea de José Gutiérrez Terrazas, quien cuestiona la idea freudiana de que el duelo carezca por completo de elementos inconscientes. Para Terrazas, incluso en los procesos normales de duelo existe un núcleo enigmático que requiere trabajo analítico para desanudar significaciones más profundas. En cuanto a la clínica específica con adolescentes, Hernández del Solar tomó especialmente las aportaciones del psicoanalista italiano Massimo Recalcati, quien distingue con claridad entre el “afecto depresivo”, presente en diversas estructuras clínicas, y la “melancolía” como una estructura específicamente psicótica. Mientras la depresión neurótica implica la pérdida de un objeto simbólicamente elaborable, la melancolía implica una identificación mortífera con un objeto imposible de elaborar (Das Ding), generando una adherencia peligrosa y destructiva con este objeto perdido. La clase incluyó también los aportes fundamentales de Mabel Belçaguy, quien ha elaborado una clasificación detallada de las depresiones en adolescentes. Hernández destacó particularmente la distinción clínica entre depresiones narcisistas, ligadas a fallas tempranas en la constitución del sentimiento de sí mismo, y depresiones culpógenas, relacionadas con conflictos ligados a ideales internalizados y la culpa. Belçaguy también identifica manifestaciones depresivas enmascaradas, tales como síntomas físicos, inhibiciones y trastornos del comportamiento, además de la denominada “depresión blanca o fría”, asociada al concepto del “Síndrome de la Madre Muerta” planteado por André Green. Precisamente, la psicoanalista destacó con énfasis la importancia del concepto de Green sobre la “Madre Muerta”. Este concepto alude a madres presentes físicamente pero retiradas emocionalmente debido a un duelo no elaborado, generando en sus hijos una experiencia de vacío afectivo radical. Frente a esta experiencia, el adolescente desarrolla una defensa extrema, caracterizada por lo que Green denomina “desobjetalización radical”: el joven anticipa la pérdida destruyendo preventivamente sus vínculos afectivos, en un intento desesperado por evitar el sufrimiento. Esto se manifiesta clínicamente en adolescentes con apatía, silencios prolongados y dificultad extrema para simbolizar y experimentar deseo. En términos prácticos y clínicos, Hernández enfatizó que estas depresiones graves presentan desafíos particulares para el analista, especialmente en la transferencia y contratransferencia. Señaló que la reacción habitual del terapeuta frente a estos pacientes puede ser de desesperanza y vacío, lo que requiere un trabajo activo por parte del analista para mantener vivo el vínculo y proporcionar palabras, afectos y reflexiones que permitan romper la inercia emocional. Este tipo de intervención activa ayuda al adolescente a encontrar nuevas formas de simbolización y conexión emocional, evitando así la repetición mortífera del silencio y el aislamiento. Finalmente, Claudia Hernández del Solar presentó casos clínicos específicos para ilustrar sus argumentos, mostrando cómo estos principios teóricos se traducen en intervenciones concretas. También subrayó la importancia de incorporar entrevistas familiares, pues el contacto con los padres facilita la reconstrucción de la historia subjetiva del adolescente y permite restablecer una mirada afectiva necesaria para su proceso terapéutico. En síntesis, la clase reveló una aproximación integradora y profunda al psicoanálisis de adolescentes, resaltando la necesidad de una intervención afectivamente comprometida y técnicamente activa para abordar adecuadamente las distintas manifestaciones de la depresión en la adolescencia. Ve la clase completa:
28 de junio de 2025
II modulo: Problemáticas actuales en la clínica con la adolescencia” Joseph Knobel Freud
En su clase, Joseph Knobel Freud propone una lectura profundamente crítica y renovadora de la clínica psicoanalítica con adolescentes, entendiendo que las coordenadas subjetivas y culturales de la adolescencia actual han cambiado radicalmente. Ya no es posible sostenerse únicamente en los marcos clásicos —como los planteados por Aberastury y Mauricio Knobel— porque hoy asistimos a una transformación estructural del lazo social, de las funciones parentales y de los modos en que los jóvenes tramitan sus duelos, su cuerpo y su deseo. Knobel Freud describe cómo los duelos característicos de la adolescencia —por el cuerpo infantil, por el rol familiar y por la imagen idealizada de los padres— ya no se elaboran simbólicamente. Lo que antes se tramitaba en el lenguaje, hoy se actúa en el cuerpo: aparecen autolesiones, tatuajes compulsivos, trastornos alimentarios, adicciones o un repliegue radical hacia el aislamiento. Estos actos no deben leerse solamente como patologías, sino como modos precarios de apropiación subjetiva ante un mundo que no ofrece contención ni palabras. Para Knobel, estamos frente a lo que denomina una “neomelancolía adolescente”, una forma de sufrimiento donde no hay objeto perdido ni duelo posible: solo una retirada del lazo y un empobrecimiento del yo. Esta nueva configuración subjetiva se entrelaza con una crisis profunda de la función parental. Vivimos, dice el autor, en una época marcada por el “adulticidio”: los adultos han renunciado a su lugar como referentes simbólicos, temen ejercer autoridad o imponer límites, y muchas veces intentan ocupar el lugar de los pares. Como resultado, los adolescentes quedan solos frente a sus pulsiones, sin una red adulta que los simbolice o los sostenga. En este contexto, muchos de los síntomas adolescentes pueden leerse como pedidos de límite, de escucha, de sostén, más que como meras disfunciones psicológicas. Frente a este escenario, el lugar del analista adquiere una relevancia crucial. Para Knobel Freud, el encuadre clínico psicoanalítico no es solo una técnica, sino una función estructurante: opera como sustituto simbólico de la ley, como el espacio donde el adolescente puede alojarse, sentirse visto y recuperar la confianza en la palabra. El terapeuta debe sostener ese encuadre sin moralismo, con firmeza, afecto y disponibilidad, permitiendo que el adolescente empiece a simbolizar lo que hasta entonces solo podía actuar o silenciar. Un aspecto especialmente relevante de la clase es la reflexión sobre los efectos psíquicos de la pandemia. El confinamiento interrumpió procesos fundamentales del desarrollo adolescente, como la separación de los padres, la construcción de vínculos sociales y la exploración del deseo. Muchos adolescentes quedaron detenidos en un estado de infancia prolongada o cayeron en un narcisismo encapsulado, sin apetencias, sin creatividad, sin palabras. Knobel describe este fenómeno como una forma de “hospitalismo adolescente”, donde el joven queda afectivamente institucionalizado en su propio encierro subjetivo. Lejos de condenar o patologizar las nuevas formas de expresión, Knobel Freud llama a los terapeutas y adultos a acercarse a los lenguajes contemporáneos de la adolescencia: videojuegos, redes sociales, tatuajes, música, estética corporal y sexualidades no normativas. Estos lenguajes no son desviaciones, sino escenarios posibles para abrir preguntas, construir relatos y reanudar el lazo con el otro. En su experiencia clínica, el trabajo con estos códigos ha sido clave para abrir canales simbólicos allí donde todo parecía clausurado. La clase también aborda con lucidez los desafíos que presentan las nuevas formas de familia y filiación, como los hogares homoparentales, los nacimientos por donación de gametos o las familias ensambladas. Más que patologizar estas configuraciones, Knobel insiste en la importancia de trabajar los secretos familiares, las historias no dichas, y acompañar a los padres en su función simbólica. La clínica con adolescentes, sostiene, nunca puede desligarse del trabajo con los adultos que los rodean. En definitiva, la propuesta de Joseph Knobel Freud no es solo clínica, sino también ética y política. Frente a una adolescencia que sufre en silencio, que actúa sin red y que muchas veces queda fuera del lenguaje, la apuesta del psicoanálisis es restituir el lazo, sostener la palabra y alojar al sujeto allí donde el mundo lo ha dejado solo. Se trata de ofrecer un espacio donde el sufrimiento pueda decirse, imaginarse, tramitarse —y, con ello, abrir la posibilidad de una subjetivación verdadera.
9 de junio de 2025
El pasaje de la filiación a la afiliación en la adolescencia
Esta clase marca el cierre de un módulo dedicado a la metapsicología de la adolescencia. Se exploran las transformaciones subjetivas propias de esta etapa, focalizándose en el tránsito desde la filiación (vínculo estructurante con los padres) hacia la afiliación (inserción en la vida social mediante pares, ideales o causas). Desde el psicoanálisis, se aborda la reestructuración del yo a partir de nuevas identificaciones secundarias. Se discute la función simbólica del padre como portador de la ley y del deseo, y se subraya el riesgo de una herencia que cristalice al adolescente en un ideal imposible. Se analiza el lugar del analista como figura ética que transmite confianza en la vida, gusto de estar en el mundo y deseo de vivir, según plantea Recalcati. A partir de ejemplos clínicos, se reflexiona sobre procesos de duelo en la adolescencia: la pérdida del cuerpo infantil, la desidealización de los padres, y el cierre de la infancia como tiempo mítico. También se revisan las dificultades clínicas asociadas al uso de medicación psiquiátrica en adolescentes, poniendo en tensión sus efectos sobre la subjetividad. La clase incorpora referencias culturales —series como Succession, The Bear, Merlí— que ilustran preguntas contemporáneas en torno a la transmisión, la autoridad simbólica y las formas de legado. Finalmente, se defiende la necesidad de desdramatizar el conflicto generacional, proponiendo la comicidad como forma ética y política de acompañamiento en el proceso de subjetivación adolescente. Revisa la clase completa:
24 de mayo de 2025
Disyunción entre el cuerpo fantasmático y la madurez sexual.
Clase 3- Albana Paganini Durante su clase, Albana Paganini propuso pensar la adolescencia como una experiencia profundamente desestabilizante, tanto para quien la atraviesa como para quienes la acompañan. El cuerpo adolescente, dijo, no es simplemente un cuerpo en crecimiento, sino una aparición inquietante, un extranjero que se impone y que desarma. Ese cuerpo, que cambia, que se exhibe, que grita o se encierra, no se acomoda fácilmente en los lenguajes disponibles. Es más bien lo que irrumpe, lo que no encaja, lo que produce extrañeza, incluso horror. Paganini convocó la noción freudiana de lo ominoso (das Unheimliche) para hablar de ese cuerpo que asusta y fascina al mismo tiempo, que no es del todo ajeno pero tampoco del todo familiar. El cuerpo en la adolescencia, explicó, no es un dato biológico ni una metáfora; es un lugar de conflicto. No se trata de una transformación tranquila hacia la adultez, sino de una vivencia convulsiva, una forma de enloquecer momentáneamente frente a lo que se vuelve visible, genital, deseante. Y esto no solo afecta al adolescente. También interroga a los adultos, a los padres, a los terapeutas, a la escuela. En su mirada clínica, Paganini recalcó que la genitalización del cuerpo no ordena: desorganiza. No hay un camino recto desde la infancia hacia la adultez, sino un desvío lleno de tropiezos, síntomas, regresiones, acting out. Y lo peor que puede hacer un analista, advirtió, es intentar imponer un sentido demasiado rápido, interpretar desde la ansiedad, diagnosticar apresuradamente. Frente al desborde del cuerpo adolescente, la respuesta debe ser la hospitalidad, no el control. Uno de los ejes más potentes de su exposición fue el de la transferencia. ¿Qué significa acompañar a un adolescente desde el psicoanálisis? ¿Cómo marcar la diferencia generacional sin moralizar ni mimetizarse? Paganini subrayó que el analista debe sostener un “no” que no sea rechazo, un límite que no sea castigo, una presencia adulta que no imponga, pero que tampoco se borre. La transferencia con adolescentes exige una ética del respeto por el tiempo psíquico y por la ambigüedad del deseo. No se trata de enseñar, sino de sostener con ellos la pregunta. Habló también del lugar del cuerpo en la sesión. De cómo el adolescente puede usar el diván como un escenario, como una trinchera, como un lugar donde esconderse o mostrarse. De cómo las autolesiones, los piercings, los cortes, las estéticas góticas o queer, no deben ser interpretadas de inmediato, sino alojadas como formas de inscripción. “Hay que dejar que el cuerpo diga antes de intentar hacer que hable”, señaló con firmeza. Y no se olvidó de los padres ni de la escuela. Reflexionó sobre el desconcierto parental, sobre las idealizaciones de la infancia que impiden ver al hijo como sujeto deseante. Habló de las fantasías de pureza, de los duelos no elaborados que los padres cargan cuando su hijo cambia y ya no responde a las proyecciones. También denunció la desmentida institucional que siguió a la pandemia, la violencia simbólica de muchas escuelas frente al sufrimiento adolescente, la exigencia de adaptación sin elaboración. Para cerrar, propuso no pensar la adolescencia como un “volver a” la infancia ni como un “ya casi” adulto, sino como un momento inédito, radicalmente nuevo. Un territorio de invención subjetiva que no se acomoda ni a los discursos científicos, ni a las normativas escolares, ni a los mandatos familiares. La tarea clínica, insistió, no es guiar ni corregir, sino sostener la apertura. No dar respuestas, sino alojar preguntas. El desafío no es menor: alojar el cuerpo cuando se vuelve extraño, sin querer apresarlo en significaciones estables. Escuchar el malestar sin traducirlo enseguida en diagnóstico. Sostener la diferencia sin convertirla en amenaza. En esa práctica, quizás, se juega lo más vital del trabajo analítico con adolescentes. Y también, lo más humano.
10 de mayo de 2025
Metapsicologia de la adolescencia
En esta clase, Verónica propuso una reflexión profunda sobre los desafíos actuales de la adolescencia, enfocándose en cómo ciertas dificultades estructurales impiden que los jóvenes puedan elaborar dos duelos fundamentales para la constitución de su subjetividad: el duelo por el otro como garante de la continuidad de la existencia, y el duelo por el objeto de amor en el complejo de Edipo.
26 de abril de 2025
Seminario de Formación en Psicoanálisis
Metapsicologia de la adolescencia La Identificación- Luciano Lutereau. En esta clase, Luciano Lutereau propuso una profunda revisión del estatuto de la adolescencia desde el psicoanálisis, poniendo en cuestión tanto su valor clínico como su existencia misma en los términos en que solía pensarse. Partió reconociendo que la adolescencia no es una categoría freudiana. Freud habló de la pubertad y consideró que el yo se constituía fundamentalmente durante el período de latencia. Ejemplos como el caso Dora o el Hombre de las Ratas muestran que Freud trataba a los jóvenes como adultos en términos clínicos, pues ya tenían síntomas que respondían al deseo del otro en su dimensión sexual, es decir, más allá del deseo parental. La adolescencia como etapa subjetiva empieza a construirse recién a partir de mediados del siglo XX, en un contexto social que permitió diferir el ingreso a la vida laboral y abrir un tiempo dedicado a la exploración de la identidad. Fue entonces cuando el psicoanálisis empezó a hablar del “psicoanálisis de la adolescencia”, inaugurando un campo nuevo que se preguntaba quién va a ser ese sujeto, qué identidad va a asumir, cómo se tramitan las pérdidas del yo infantil y del cuerpo infantil, y cómo se reactualizan los objetos edípicos. En este marco se impuso la noción de una “crisis de identidad”, a menudo entendida como una segunda gran transformación del yo. Sin embargo, Lutereau se pregunta si esa adolescencia existe aún. Lo que observa en su clínica es más bien lo contrario: adolescentes sin adolescencia, sin conflicto edípico, sin enamoramiento, sin deseo. Sujetos que atravesaron la pubertad pero no accedieron a una elaboración simbólica, que muestran una gran fragilidad yoica y recurren a identificaciones rígidas, masivas, a veces tan cerradas que recuerdan más a los mecanismos de la psicosis que a los de la neurosis. Estas identificaciones ya no funcionan como mediaciones simbólicas sino como fijaciones que reemplazan el trabajo del yo. No son predicados (“soy punk”, “soy metalero”) como lo eran en generaciones anteriores, sino esencias (“soy vegano”, “soy trans”, “soy gamer”), formas cerradas de nombrarse que operan como estructuras de sostén. En lugar de exploraciones identitarias, se observan afirmaciones absolutas que muchas veces aparecen más como intentos de reparación que como despliegues simbólicos. Por eso, Lutereau propone una hipótesis inquietante: que hoy la clínica de la adolescencia se parece cada vez más a una clínica de la psicosis. Las categorías que antes venían de la neurosis (como la identificación parcial, el enamoramiento, el trabajo sobre el deseo) ya no alcanzan para pensar lo que ocurre en los adolescentes actuales. El amor y el trabajo, ejes tradicionales de la neurotización, han perdido fuerza como vías de sintomatización. Incluso el enamoramiento —considerado por Freud como necesario para el deshacimiento de los objetos incestuosos— aparece hoy debilitado o directamente ausente. En los adolescentes contemporáneos se observan fenómenos de fusión, de relaciones indiferenciadas, formas vinculares sin alteridad, sin enigma. Relaciones amorosas que no son tales, sino apuntalamientos yoicos o espejismos de completitud. En muchos casos, afirma Lutereau, la regresión que se observa en análisis no es ya a la infancia —como pensaba Freud— sino a la adolescencia. Muchos adultos regresan a ese tiempo no solo para revivir emociones, sino para intentar rehacer allí una transformación del yo que nunca se consolidó. En definitiva, esta clase plantea que nos enfrentamos a una nueva configuración subjetiva, donde la adolescencia ha perdido su espesor simbólico. Lutereau concluye que ya no podemos seguir pensando la adolescencia con los mismos marcos conceptuales del siglo pasado. La pregunta ya no es solo qué identidad se busca construir, sino si hubo alguna vez una primera construcción identitaria. Allí donde no hubo trabajo de latencia, la adolescencia se presenta como un intento desesperado de sostener un yo que no se consolidó. En ese escenario, la clínica exige una cautela extrema: no podemos forzar preguntas simbólicas donde no hay aún condiciones para que emerjan. Revisa la clase completa en el siguiente link usando la contraseña que te dimos al matricularte:
13 de abril de 2025
Escuchar el silencio del cuerpo
(…) Reticentes a arriesgar en la palabra si es que esta no es una inversión que garantice ganancias (idealmente, inmediatas); Yoes muy idénticos a “sí mismos” cuyo proyecto individual supera toda posibilidad de lazo; con formas de hablar que no pueden encerrarse en un tipo diagnóstico específico, ni son reductibles a una estructura psíquica determinada: funcionamientos propios de la subjetividad de nuestra época, en los que el cuerpo, muchas veces, queda inerme frente a la alienación. Si bien siempre han existido discursos normativos en torno al cuerpo y la sexualidad, hoy es muy difícil darles una vuelta emancipadora pues, en algunos casos, estos se nos presentan en el mercado con un semblante de libertad y empoderamiento. Así la palabra también puede perder sentido y reproducirse de escena en escena vaciada de contenido simbólico. Sin embargo, el cuerpo, la sustancia, no cede del todo al aplanamiento higienista que parece ser la norma en nuestros días. Y eso me parece un buen pronóstico. Lee el artículo completo en barbarie.lat
11 de noviembre de 2024
Llegué Tarde: psicoanalistas con orientación desorientada.
En este episodio del podcast, Albana Paganini, Felipe Agüero y Patricia Castillo se embarcan en una montaña rusa de temas que van desde la “disforia académica” hasta la cúrcuma como solución para todo. A través de risas y reflexiones, discuten el estado actual de las universidades, la salud mental convertida en un bien de consumo y cómo el autocuidado en redes sociales parece más una receta para la ansiedad que una solución. Entre anécdotas y conceptos inventados como “disforia académica”, nuestros psicoanalistas favoritos desnudan lo absurdo de una sociedad que busca la productividad a cualquier precio, mientras recomiendan libros, debaten sobre la tiranía de las evaluaciones 360 y hasta se permiten soñar con un mundo donde las reglas de salud mental no sean tan… ¿opresivas? Si alguna vez te has preguntado cómo sobrevivir al neoliberalismo con humor, análisis profundo y un buen vaso de leche dorada (sí, cúrcuma incluida), este episodio es para ti. ¡Escúchanos, comparte y cuéntanos qué tal te pareció! #PsicoanálisisConRisas #AutocuidadoConCúrcuma #DisforiaAcadémica #PodcastDeAmigos #SaludMentalYSocial
24 de octubre de 2024
Todo es un trabajo, la fantasía y el erotismo también. Donald Winnicott: Sueño, fantaseo y vida.
La sexualidad humana es perversa, decía Freud, es decir, no se corresponde con la meta de la reproducción; es otra versión. La búsqueda del placer es justamente eso, una búsqueda, un trabajo, y ese trabajo se debe esencialmente a la capacidad de cada quien y de cada sociedad de hacer algo con la fantasía. Una sociedad masturbatoria o con una “Sex Recession” es el resultado de una sociedad que universaliza la escisión y se refugia en el fantaseo del porno porque precisamente esa salida no da ningún trabajo. Una sociedad del trabajo enajenado. Desear, dar placer, amar, filiar son acciones que suponen investir, contornear el vacío y abrazar al otro aunque sea temporalmente. Supone, a su vez, abrazar el cuerpo propio como si fuera ajeno y sostener la fantasía que permite que ese juego “hidráulico” sea placentero. Nadie sabe con quién tiene sexo cuando se tiene sexo, pero al acuerdo tácito de no desarmar la fantasía del otro le llamamos intimidad. Y eso es lo que se ha perdido. Lee el articulo completo en Barbarie.lat
29 de agosto de 2024
Sobre lo político de la hipersensibilidad
Desde el movimiento ME TOO# en adelante, se genera una inversión en el que el poder se ha desplazado del lado del sujeto vulnerable. Mientras el lugar de victima queda investido de un poder político, se sigue incrementando el desprestigio del sujeto que detenta una posición típica de poder. Esto marca un avance positivo en la distribución del poder, pero también hemos podidos apreciar usos indiscriminados de la victimización como modo de anulación y dominación del Otro. Tras estas nuevas expresiones del juego político, se despliega algo de un fantasma social que da cuenta de un malestar subterráneo y que desde los movimientos feministas y el estallido social en adelante no ha podido ser contenido, interpretado y verbalizado a través de un discurso vivo. Lee el articulo completo en Barbarie.lat
29 de agosto de 2024
Psicoanálisis del individuo: ¿cómo detener la voracidad?
El sujeto contemporáneo se enfrenta a un yo grandioso que se expresa en el discurso social como el yo de la meritocracia o el yo del “Just do it”. Este “sujeto-individuo” funciona bajo el imperativo del consumo, el emprendimiento y la productividad. Nos encontramos con un batallón de trabajadores anónimos que laboran gratis para las redes sociales, las cuales, a mi parecer, forman parte del amo actual. Lee el articulo completo en barbarie.lat
29 de agosto de 2024
Aquí no pasó nada
Creo que todos recordamos con una cierta picardía la irónica situación que vivió Clemente Pérez, el día 16 de octubre de 2019, unos días antes del “estallido”, cuando, refiriéndose a las evasiones masivas realizadas por los estudiantes de segundaria, señalaba que estos acontecimientos no tenían el apoyo de la ciudadanía sentenciando con una frase lapidaria “Cabros, esto no prendió”. Sigue leyendo en barbarie.lat
29 de agosto de 2024
El sexo, ¡estúpido!
La sexualidad en el psicoanálisis es indisociable de la teoría misma. Hay memes que abordan este tema y psicoanalistas que llamaré “love washing”, quienes se defienden diciendo: “No se trata de esa sexualidad, sino de otra sexualidad”. Pero nunca aclaran cuál. ¿Existe otra sexualidad? Cuando Freud habla de sexualidad, se refiere al placer relacionado con la satisfacción, y lo ubica como un elemento central de su teoría. En su teoría de la sexualidad, uno de los más grandes aportes teóricos de Freud a la humanidad es la distinción entre sexualidad y reproducción, otorgando una libertad a las formas de satisfacción como nunca antes se había concebido. Reproducirse es, en el mejor de los casos, una de las múltiples metas de la sexualidad. Los placeres parciales son todas aquellas experiencias de satisfacción que se apuntala -diría Freud- en una zona del cuerpo y en una necesidad que, inicialmente, es básica, pero que se transforma en el encuentro con el objeto y la cultura: hambre, sed, esfínter, etc. Lee articulo completo en Barbarie.lat
28 de agosto de 2024
El hombre de los lobos. La sexualidad infantil perversa y polimorfa
En la intimidad de la consulta, un niño juega a la guerra. Ataques, peleas, espadas afiladas, disparos; un campo de batalla donde el placer del juego es ese ataque excitante. Otro niño es un pirata; la batalla, esta vez, transcurre en el mar, con un tiburón de dientes afilados luchando contra una ballena gigante que amenaza con devorarlos a todos. Una niña quiere hacer una “manualidad”; recorta y recorta, el placer está allí en el juego del recorte, en la tijera que separa papeles de colores en múltiples pedacitos desparramados. Lee el articulo completo en Barbarie.lat
28 de agosto de 2024
La culpa viste a la moda: Culpa, responsabilidad y cuidado
Cómo, cuándo y qué de nuestra práctica podemos sustraer de la necropolítica neoliberal, que erosiona sistemáticamente nuestra imaginación y, con ello, la capacidad de disfrutar de lo bello que es la vida. Los psicoanalistas no somos ajenos a los discursos sociales y políticos que otorgan sentido a las acciones cotidianas. Por ello, es imperioso ser muy celosos de nuestras categorías, cuidarlas con ternura y no dejarlas abandonadas para que terminen subidas en cualquier carro neoliberal, profanadas, irrespetadas, vendidas y comercializadas por los agentes del cinismo. La culpa tiene mala prensa. La culpa es eso: un concepto con mala prensa, como la vergüenza y la envidia. Sin embargo, Silvia Bleichmar nos advierte sabiamente que “un análisis donde no hay interpelación por el síntoma, culpa o vergüenza y deseo de cambiar, no funciona”. Lee el artículo completo en: https://www.barbarie.lat/post/la-culpa-viste-a-la-moda-culpa-responsabilidad-y-cuidado
2 de agosto de 2024
FREUDIANOS. El origen de la histeria: nos enfermamos al esforzarnos por no saber
Incluso en este país pequeño, austral y distante el psicoanálisis existe. O existe más o menos. O existe el deseo de que exista. Ya no lo sé. Sin embargo, lo que es innegable es que existe un conjunto de personas, ya sea agrupadas o en solitario, que se dan la autoridad para hablar, escribir, pensar, leer y discutir desde y con el psicoanálisis. El hecho de que esto ocurra cotidianamente es lo que hace valioso el crear un espacio donde el fenómeno freudiano pueda tener lugar, ser revisitado, descubierto, acogido o repudiado, pero siempre con conocimiento de causa. “Freudianos” es precisamente eso: un espacio donde publicaremos textos de autores consolidados en el psicoanálisis, aquellos pioneros y gestores de las ideas que hoy circulan entre nosotros. Esperamos que sea un foro para el debate abierto y la formación de un pensamiento libre y crítico, ese tipo de pensamiento que surge del verdadero análisis de las palabras escritas, y no de suposiciones prematuras y malintencionadas. Lee completo en el siguiente link: https://www.barbarie.lat/post/freudianos-el-origen-de-la-histeria-nos-enfermamos-al-esforzarnos-por-no-saber
9 de noviembre de 2023
En tiempos de crisis: ¿terapia on-line?
Entonces ¿la terapia on-line es posible? Sin duda, pero no es más fácil sino al contrario, requiere de una escucha que vaya más allá de la búsqueda de las razones y/o justificaciones para los sentires de un paciente y, sobre todo, de un esfuerzo adicional de los analistas por transmitir en la virtualidad, las marcas de su presencia ahí, en tanto cuerpo que existe y es capaz de hospedar y ofrecer su propia experiencia atravesando la incertidumbre y ello, a veces implica silencio, silencio al cual aún no se habitúan los telepacientes.
25 de marzo de 2020
¿Qué nos piden los padres hoy en nuestras consultas?
Un niño cuenta en la consulta por qué viene: “Yo tengo un problema y es el alargue”. Le pregunto a qué se refiere, me responde dibujando en la pizarra: “cuando tenía tres me alargaron a cinco y ahora tengo siete y me alargan a doce”. El colegio dice: “No sabemos que más hacer, no se adapta a las normas del curso, se niega a reflexionar en el círculo de meditación”. Pregunto con asombro: ¿Qué es el círculo de meditación? Me explican que es un espacio de meditación donde cada niño debe hablar sobre sus dificultades para aprender a autorregularse. La profesora señala: “Lo fundamental, es que lo hacemos en un espacio ético estimulando la responsabilidad en los niños, para nosotros como comunidad educativa el círculo es fundamental.” Sus padres muy angustiados dicen: No se adapta al colegio, no quiere participar en el círculo de meditación, no respeta normas, necesitamos saber qué hacer” ¿Qué nos piden los padres hoy en nuestras consultas?
28 de febrero de 2020
VIDEO | ENTREVISTA A LA DRA. PATRICIA CASTILLO
Dra. Patricia Castillo, psicoanalista y directora de ClinicaPsi, es entrevistada por Experiencia de Palabra.
10 de marzo de 2019
CLINICA | SUPERVISION: DRA. PATRICIA CASTILLO
Dra. Patricia Castillo ofrece supervisión individual y grupal para profesionales del psicoanálisis. Para mayor información o reserva de horas, escríbenos a [email protected]. Para consultas sobre aranceles, pinchar aquí. Atención psicológica – Psicoanálisis – Supervisión clínica – Infancia
7 de octubre de 2018
CLINICA | ACOMPAÑAMIENTO Y CONSEJERÍA PARA PADRES Y MADRES.
Ante las distintas dudas que emergen durante el proceso terapéutico e incluso cuando no se considera necesario llevar a cabo un proceso terapéutico. Sabemos lo difícil que es ajustarse en el presente al exigente ejercicio de la mater/paternidad y el sufrimiento adicional que implica la mediación con las instituciones escolares u otras. Para solicitar una hora, puedes hacerlo pinchando aquí. Clínica Psicológica – Atención Psicológica – Psicología Infanto-juvenil – Salud Mental
6 de octubre de 2018
CLINICA | ATENCIÓN CLÍNICA PARA ADOLESCENTES, JÓVENES Y ADULTAS/OS.
La clínica psicológica es un espacio de hospedaje. Un lugar en el que se aprende con otro a crear un idioma para nombrar cosas que duelen o que no encuentran lugar. Por ello, no da lo mismo cualquier terapeuta pues ese trabajo debe ser cuidadoso, sensible y, por momentos, también divertido y liviano. Para solicitar una hora, puedes hacerlo pinchando aquí. Clínica Psicológica – Atención Psicológica – Psiconálisis – Psicología Infanto-juvenil – Salud Mental
6 de octubre de 2018
CLINICA | SUPERVISIÓN CLÍNICA INFANTO-JUVENIL Y ADULTOS.
ClínicaPsi comprende que parte importante de la atención clínica es la supervisión de los casos con tal de abrir las posibilidades de comprensión de los mismos, así como las dificultades con que los terapeutas nos encontramos día a día en nuestro trabajo. Es por ello que ofrecemos un espacio de supervisión con distintos profesionales en variados horarios y modalidades, pudiendo realizarse, incluso, de forma online. Para reservar una hora o solicitar más información, escríbenos a [email protected]. Supervisión Clínica – Psicoanálisis – Psicología
4 de agosto de 2018
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