Los niños y la transferencia
Por Albana Paganini ·
Freud definió la transferencia como un campo de batalla donde se juegan los destinos de un análisis. No siempre hay batalla. Cuando no la hay, puede haber trabajo, incluso trabajo con efectos subjetivos importantes para el paciente, pero no hay trabajo analítico. Y cuando la hay, tampoco está garantizado nada: la batalla puede arrasar el tratamiento en lugar de abrirlo.
Es un campo de batalla porque allí se repiten formas de relación al otro tormentosas, pasionales, cargadas de sufrimiento, de amor y de odio. Un paciente no trae sus modos de vincularse como quien trae un relato; los pone a funcionar sobre el analista, en tiempo presente, con toda su fuerza. Eso hace que la transferencia sea el motor del análisis y, al mismo tiempo, su principal amenaza.
Lo que permite sostener esas pasiones sin que el tratamiento se rompa son reglas. Reglas de juego. Es lo que trabajamos en el seminario Psicoanálisis para descolonizarse.
Ferenczi, 1931
En 1931 Ferenczi escribe El análisis infantil en el análisis de adultos, un texto de una vigencia asombrosa. Están allí los antecedentes de lo que Winnicott llamará después holding, la influencia que su pensamiento tendrá sobre el análisis con niños, la reflexión sobre las reglas analíticas y sobre qué hacer cuando la regla no alcanza, la interpelación al analista frente a pacientes complejos, esos que no entran en el dispositivo tal como lo aprendimos. Y la definición de la transferencia como un juego que tiene reglas.
¿Qué tipo de juego? Un juego de preguntas y respuestas, semejante a los procesos que transcurren en el análisis con niños. La pregunta no puede estropear el juego. Lo que sí puede estropearlo son los jugadores: analista y paciente corren ese riesgo, los dos, todo el tiempo.
Así como en el análisis con niños la expresión activa del juego es fundamental, en el adulto el juego es la vía de acceso a lo infantil. Si el adulto deja de jugar, no por eso deja de repetir: hace una actuación de la realidad de su infancia en términos de conducta adulta. Pasa al acto. Y en ese caso hay que señalarle que es él quien está estropeando el juego.
El pasaje al acto no aparece entonces como una interrupción del análisis venida de afuera, ni como una descompensación que hay que contener. Aparece como una jugada dentro del juego: la jugada que lo rompe. Y por eso mismo puede ser nombrada, señalada, devuelta al campo. No es una sanción moral ni una advertencia disciplinaria: es restituir el marco desde adentro, indicando que hubo una salida del marco.
La escena con niños
En el trabajo con niños esto no es una metáfora.
Las sesiones transcurren en un espacio donde el juego empieza desde el inicio. No hay preámbulo, no hay un momento previo en el que se instala el encuadre y después se juega: el encuadre es el juego. Y tiene un ritmo, una cadencia propia que hay que saber acompañar. Apurar ese ritmo, o interrumpirlo con una intervención llegada de otro tiempo, es también estropear el juego.
Las reglas de ese espacio son mínimas y son estrictas: solo deben proteger la posibilidad de jugar con otro. No son reglas de contenido —qué se puede jugar, qué no— sino reglas que garantizan que el jugar siga siendo posible entre dos.
Cuando el juego adviene, se formulan preguntas, se escenifican situaciones conflictivas, lo pulsional fantasmático del niño asoma en un escenario que existe justamente para que eso pueda ocurrir. Un nene me lo dijo: cuando se angustiaba, se detenía y decía estamos jugando, es juego. El encuadre enunciado por el paciente. El niño se recuerda a sí mismo, y me recuerda a mí, que hay un marco que sostiene lo que está a punto de aparecer, que eso terrible puede aparecer sin que el mundo se venga abajo, porque estamos jugando.
Un semejante diferente
Un analista de niños respeta las reglas del juego sin actuar su propio fantasma. Es un semejante —está ahí, jugando, disponible, afectado, no es una pantalla neutra— y es diferente —no es un compañero de juegos, no compite, no gana, no se venga, no necesita nada del niño. Semejante diferente: garante del cuidado de una experiencia de juego.
La diferencia no es distancia. Es la sustracción exacta que hace falta para que el juego sea del niño y no del analista. Cuando el analista mete su propio fantasma en la escena, el juego sigue existiendo pero ya no es un espacio de elaboración: es un lugar donde el niño tiene que arreglárselas con la angustia de otro.
Cuando la angustia se actúa, el analista desanuda esa actuación con palabras que relanzan el jugar. No que la expliquen ni la interpreten desde afuera: que relancen. Ahora es un jugar donde el desarrollo simbólico se encarna en un cuerpo, y ese cuerpo le da a la palabra dos cosas que la palabra sola no tiene: espesura pulsional, por un lado, y afecto como primer momento de elaboración, por otro.
Ahí hay una ética. No una ética de principios enunciados antes de entrar al consultorio, sino una que se juega en cada movimiento: la de quien cuida las reglas que hacen posible que otro juegue. Vale para el análisis con niños y vale, tal como lo leyó Ferenczi hace casi un siglo, para el análisis de adultos, donde lo infantil no se alcanza por ninguna otra vía.
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